Piedra de Sísifo

Mi ventana beige
grande y polvorienta
típica de departamento antiguo
es el marco apropiado
para el cuadro de mi desolación.
 
Vine a la ventana con la esperanza
de que cualquier ruído,
sea del viento,
me sacara del silencio ensordecedor
de la soledad.
 
Pero no ventaba
y en la calle más transitada de la ciudad
ni un alma se animaba a pasar.
 
Igual, se entiende:
ya son como las trés
y cada cual duerme
su sueño de costumbre
con la excepción tal vez
de los atormentados notívagos
que miran hacía el techo
soñando despiertos
con las imágenes que allí se dibujan
por un par de faros eventuales
y los árboles.
 
Veo que hoy la luna se enconde
entre sus aires amarillentos y
la imperceptible brisa que viene de afuera
me da aún más insomnio
y aún más calor.
 
Es demasiado verano y
es demasiado Porto Alegre.
 
Hace rato que te fuiste.
Viniste en una visita
breve y triste.
 
Qué raro es esto
de encontrar a alguien que parece
todo lo que buscabas sin saber que lo hacías
a tu lado y darte cuenta que en verdad
hay un gran abismo
de distancia entre los dos.
 
Tangible.
Insuperable?
 
Dice Guimarães Rosa
en una cita que me enseñó
una gran mujer hace algunos años
que los abismos son navegables
a barquitos de papel.
 
Pero sucede que yo
no sé navegar y mucho menos
entiendo de dobladuras.
 
Ahora que estoy sola
otra vez
siento en el más íntimo de mi ser
una incontrolable gana de llorar
y no me sale ninguna gota.
 
Quizás esté reseca, en fin.
 
Siento también
un gran desanimo.
Estoy cansada.
Creo que desisto.
Me resigno a estar sola.
 
Acepto mi soledad
y la amo,
porque es mía y porque
por lo menos eso
no me pueden sacar.
 
Quizás al final
esta sea mi piedra de Sísifo.

La molestia

En una noche de descuido, ella se durmió con la ventana abierta; lo que no pasó despercebido al viento de su desgracia como una buena oportunidad para entrar, después de tanto tiempo de ventanas hermeticamente cerradas. La mañana siguiente, ella se despertó y notó que sobre su pecho yacía una pequeña molestia. No sabía su razón de estar allí y, a pesar del incomodo, siguió haciendo sus cosas con normalidad. Pero a los pocos, la molestia empezó a crecer, invadiendo sus pensamientos. Por un tiempo, se sentaba a comer en la cocina o a trabajar en la oficina y lograba escapar; hasta que no pudo más: no podía comer, no podía bañarse, no podía pensar en otra cosa que no fuera la molestia. Ya no encontraba lugar donde esconderse: la molestia ya había invadido su casa y su vida y su ser por completo y no había rincón donde pudiera existir sin sentirla. Ella seguía sin entender por qué la molestia tan tercamente seguía con y en ella, justo ella! Sentía profundamente la soledad de estar sola con la molestia, invadida, habitada por ella, sin nadie con quien compartirla. Después de todo tuvo que resignarse a aceptarla, a aceptar la condición de que seguiría creciendo hasta Dios sabe cuando y que tendría que aprender a convivir con ella. Por fin, comprendió. Había leído suficientes cuentos de García Marquez como para no saber que la molestia ya podría cambiar los vidrios de color: era el amor. Y ya era demasiado tarde para negarlo o evitarlo: la molestia tenía nombre y apellido, un apellido que ella ni siquiera sabía la pronuncia, pero le parecía hermoso igual, porque era de él. Y entonces todo tuvo que ser distinto: derrumbó su casa y reorganizó su interior para que las puertas y los techos fueran altos lo suficiente para que la molestia no estorbe ni le duela y el amor pueda alastrarse cómodamente por las habitaciones por cuanto tiempo dure.

Benedetti estaría de acuerdo

Cada ciudad puede ser otra
Cuando el amor la transfigura
Mario Benedetti
Una vieja casa
puede convertirse en otra
cuando un amor transeunte
resignifica sus habitaciones.
 
Los fantasmas que la habitaban
a los pocos se desvanecen
y descubrís
en medio a las paredes tan conocidas
una nueva ventana
que da lugar a nuevos aires
y así el sol invade la sala gris
trayendo nuevos colores.
 
Lo mismo suele pasar
con un cuerpo desavisado
cuando un obstinado explorador
decide por ahí
establecer sus nuevos caminos.
 
La ruta del amor antiguo
se cura y se deshace
dando espacio a otros destinos
a cada paso del amado reciente.

Juego de azar

Noche alta de verano
perfurada por tantas estrellas
que más parecían un mensaje
criptografado en un lenguaje
que a nosotros dos
aún nos cabe
decifrar.
 
Era, claro como el alba,
el simple giro del destino
del cuál muy bien me había
alertado Dylan.
 
Cuando mi mirada distraída encontró
tus ojos prontamente sonrientes
lo supe en seguida:
el derrumbe era irreparable
y no hacía falta preguntar
de cual de nosotros dos
sería la mala suerte
de aquél encuentro:
no tardaría mucho
para sentirme desgraciada
otra vez.
 
Lo que no sabía
ni podía saber
era cuanto tiempo
tardaría,
pero acepté la mala suerte
de corazón abierto
y razón cerrada
mientras desenredaba
el desenredo.
 
Al final,
así es la cosa.
 
Una rápida consulta
a las ciénagas del pasado
no deja dudas:
el enamoramiento
no es nada más
que el entretiempo de un partido
que empieza con el encuentro fulminante
seguido de la constatación de la desgracia iminente y
termina con la caída inevitable.
 
Lo que nos hace seguir insistiendo en tal juego de azar es lo que me asombra.