Oda a Musil

una vida tan cinicamente escéptica
violenta y repentinamente convertida
en una experiencia mística
como la revelación de un Dios
o la creencia más profunda en el Hombre
una espécie de adoración incondicional
a todo el universo en sus ínfimas cosas
desde lo sublime de la naturaleza
hasta la más densa podredumbre
de nuestro egoísmo
 
– todo un mundo nuevo de posibilidades
e imposibilidades abriéndose en frente
claro como un día de noviembre
por una electricidad poderosa
a un simple toque de manos
cuya chispa eriza y da calor
traspasando desde la piel
hasta el fundo del alma.
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Miércoles, 7 de noviembre

El agua de la lluvia que cae a los pocos da a las luces de la noche el aspecto borroso del llanto cuando reflejadas en el asfalto caliente. Arriba, en el edificio alto en frente, veo la sombra de un hombre apoyado en la ventana. Por lo que pude ver, somos los únicos en la actividad de mirar hacía la calle sin mirar en esta cuadra. Qué estará mirando realmente el hombre de la ventana? Dicen que en estos momentos vemos en los otros lo que sentimos nosotros, para no sentirnos tan solos. Así que quizás simplemente contemple la imagen de la imposibilidad de su amor ser recíproco. Es decir, de que él y su amante se amen precisamente con la misma cantidad de amor. Porque al final parece que estamos todos condenados a esta espécie de carrera, donde un amante siempre ama más que el otro; los puestos pueden cambiarse, yo te amo un poquito más ahora, vos me amás un poquito más después y así va – la cosa es que la distancia siempre se mantiene. Lo que es bastante angustiante, pues quién podrá asegurar que en una de las vueltas de  en que estés más a frente de tu amado él no va a aprovechar su posición más lejana para desistir por completo del maratón, dejándote a correr como un boludo hasta caer de cara en el suelo cuando finalmente te des cuenta? Yo sé que parece una tontería y también conozco lo suficiente de psicología barata para saber que somos todos seres distintos que sentimos de formas distintas y que por ende no podemos esperar que los otros sientan igual que nosotros y todo, pero me compadezco del hombre de la ventana. Es jodido amar sin ningún tipo de certeza, porque cuando amás estás más indefenso que nunca. Y lo más jodido de todo es que la falta de certeza está en la esencia del amor, cómo una espécie de una invención del genio maligno de Descartes que inventó lo mejor que se puede experienciar en la vida sólo para que no posamos tener la certeza de que es real. Si querés vivirlo, tenés que aceptarlo. Así es. Yo de mi parte agradezco al genio por su bella invención maligna y abrazo la incertidumbre. Mientras no me rompo la cara, disfruto la adrenalina del maratón. Creo que el hombre de la ventana todavía no hizo las paces con el genio maligno, ya que sigue inmóvil en la ventana. Yo abandono a mi puesto en la ventana para llamar a mi compañero de carrera antes que se duerma.

Desahogo

En mi calle andan diciendo
que ya amenazaron uno o dos
por practicar el crimen
gravísimo en estos días
de ser mujer o negro o gay
y caminar libremente
en plena luz del día.
 
Yo temo,
tú temes,
él no.
 
La facultad que era un hormiguero
ahora más parece un cementerio
algunos compañeros no veo
hace más de un més
y al final parece no haber sentido
en seguir yendo a las clases
porque de un tiempo a esta parte
no me puedo concentrar en nada
y quizás el año que viene,
cuando por fin me reciba,
mi profesión ya no exista.
 
Mi cabeza no me deja
trabajar escribir dormir amar
ni pensar sobre lo que sea.
Me duele el pueblo en las sienes.
 
Hace rato que tampoco puedo escribir.
Mis palabras no aguantaron y huyeron
espero que a Uruguay
o por lo menos a un lugar mejor
si es que existe
de este continente abandonado por Dios
si es que existe
que se cansó de tanta barbaridad
practicada en su nombre.
 
Como si no bastara
en mi cuenta tengo como diez reales
y de todos modos perdí mi tarjeta,
así, de pelotuda, en la calle,
distraída en mi miedo reciente
de existir a cielo abierto
como si la cosa no pudiera estar peor
y es mejor no hablar mucho de eso
porque a la vida le gusta un desafío.
 
Pronto cumplo años.
Veintidós, tan poquita vida,
y aún así viví lo suficiente
para ver el cierre del ciclo de la historia
en la repetición de los errores del pasado
en el presente.
 
A mi me gusta cumplir años
pero esta vez lo renuncio.
No hay razón para celebrar
esta nueva primavera.
 
Prefería la anterior,
una especie de eterno retorno a los 21,
o incluso a los 21 años y 10 meses,
cuando mi preocupación era
qué íbamos a cenar mi morochito de ojos brillantes y yo
o de dónde sacaríamos la fuerza
para despertarnos temprano la mañana siguiente
para garantizar nuestros sueldos de hambre,
siempre con una esperanza
ingenua o ciega
en un futuro mejor.
 
Ahora dormimos sin saber
mi morochito y yo
qué nos esperará mañana
ni tampoco si habrá
de hecho un mañana.
 
Hoy mi morochito es
todo lo que está bien
pero cómo me revienta ver
que aquél brillo que tenía
se va perdiendo por entre los ríos
que empiezan a formarse
en su lugar
llenos de desesperanza
y cansancio.
 
Si todavía me queda algo
de deseos sueños y planes
que la tristeza de la amenaza
de un fascismo del peor tipo
que es el fascismo
elegido democraticamente
no me lo haya robado
pediría de cumpleaños
que por lo menos mis palabras
vuelvan a mi
para ayudarme a seguir viviendo
hasta el próximo.

El desamor

Llega el día en que
finalmente
te das cuenta.
 
No hace falta
nada grandioso.
 
Un pequeño gesto,
o la falta de él,
una palabra seguida
de una mueca distinta
en el rostro ajeno
y listo: ahí está.
 
Se cayó la construcción.
Quizás ya tuviera
las estructuras frágiles
hace mucho,
urgiendo por manutención,
y simplemente lo ignoraste.
O no lo creíste.
O te faltaron lentes apropiadas para ver.
O quizás la construcción
nunca haya existido
en ningún otro rincón
más allá de tu cabeza.
 
Por fin,
te diste cuenta.
Qué bueno.
Y ahora qué?
Y ahora qué hacemos?
Qué hacemos con los retazos
indiscernibles de lo que fuimos?
Adónde vamos ahora
que nos perdimos de nosotros dos
y ya estamos tan lejos de nosotros mismos?